Quizá porque soy del Sur (del profundo Sur) me llame la atención la historia del Sur de los Estados Unidos de América. Esa cruenta guerra civil, donde se ensayaron los métodos de combate que luego se aplicarían el la Primera Guerra Mundial y en el enfrentamiento ideológico como justificación de todo tal como ocurrió en la Segunda Guerra Mundial.
Las trincheras, el exterminio, el ensañamiento con los vencidos, nos enfoca a una lectura que trasciende los intereses circunstanciales y políticos, para adentrarnos en un choque de concepciones del mundo, una guerra total y en todos los frentes. La mayoría de los que pelearon tanto de un lado como del otro al principio no lo vieron así, incluso muchos dudaron si estar de un bando o del opuesto. Sin embargo como suele ocurrir, es lo que no se puede ver lo que define las cosas, lo que se mantiene en el vértice más alto, inalcanzable. Si no, allí está Abraham Lincoln como ejemplo, un hombre reacio al revanchismo y a la destrucción de la elite sureña, quitado abruptamente de la escena para que tuvieran rienda suelta los radicales, los ultraprogresistas, los que siempre terminan siendo la más eficaz milicia de la usura.





